jueves, 14 de enero de 2016

ELLOS PIENSAN, LUEGO…


La vida interior de los animales es difícil de estudiar, pero sí que hay una certeza: debe ser mucho más rica de lo que la ciencia pensó en un momento. 

En 1992 en Tagalooma, en la costa de Queensland, la gente comenzó a echar peces al mar para que los delfines salvajes locales comieran. En 1998, los delfines comenzaron a alimentar a los humanos arrojando peces al muelle. Los humanos lo hicieron para pasar un rato divertido alimentando a los animales pero, ¿en qué pensaban los delfines? Charles Darwin pensó que las capacidades mentales de los animales y de los humanos diferían únicamente en el grado, no en el tipo. Su último gran libro, La expresión de las emociones en el hombre y en los animales, examinaba la alegría, el amor y el dolor experimentado por los pájaros, los animales domésticos y los primates mientras lo hacía con individuos de distintas razas humanas.

Durante gran parte del siglo XX, la biología estuvo más próxima a las teorías de Descartes acerca de que los animales no tenían ningún tipo de conocimiento, que a las de Darwin. Los estudiosos del comportamiento animal no descartaban la posibilidad de que los animales tuvieran algún tipo de conocimiento, pero lo consideraban una pregunta irrelevante debido a la imposibilidad de hallar la respuesta. En 1976, el profesor de la Rockefeller University de Nueva York, Donald Griffen, argumentó en su libro La cuestión de la conciencia animal que los animales eran capaces de pensar, habilidad que debía ser objeto de investigación científica.

Tras muchos años de estudio y observación, la mayoría de los científicos se sienten ahora capaces de decir que algunos animales pueden procesar información y expresar emociones de una forma que tiene que estar acompañada de una consciencia mental. Están de acuerdo en que los animales tienen capacidades mentales complejas; aunque hay algunas habilidades que sólo se cree que presenta el ser humano, como la capacidad de dar nombres a los objetos y emplear herramientas, los primates, los córvidos y los cetáceos tienen algo similar a lo que los humanos denominamos cultura, en la cual ellos desarrollan distintas formas de hacer las cosas que han pasado de generación en generación mediante la imitación y el ejemplo. No todos los animales tienen los atributos de la mente humana, pero casi todos los atributos de la misma han sido encontrados en algún u otro animal.

Un ejemplo es el de Billie, un delfín hembra que, tras ser herida, pasó tres semanas en un acuario de Australia recibiendo tratamiento médico. Allí vivió con un grupo de delfines que habían sido entrenados para realizar varios trucos, educación que ella nunca recibió. Una vez terminado el tratamiento, observadores locales se sorprendieron al verla en pie sobre su cola, truco similar al que realizaban sus compañeros en el acuario, el cual habría aprendido por imitación. Este comportamiento es difícil de entender sin imaginar un tipo de conocimiento capaz de apreciar lo que está viendo y de imitar las acciones de los demás. La respuesta se encontró en las “neuronas espejo”, células nerviosas que hacen que hagas lo mismo que estás observando en alguien como, por ejemplo, lo que nos ocurre con los bostezos.


Pero decir que los animales tienen bases de conciencia no es lo mismo que decir que pueden pensar o sentir. La prueba más común para establecer si existe la autoconciencia es probar la habilidad para reconocerse a uno mismo en un espejo, lo que implica que estás viéndote como algo individual, separado de los otros seres. Darwin escribió sobre Jenny, un orangután que, jugando con un espejo “se quedó atónita” al ver su reflejo. El Dr. Gallup en 1970, marcó la cara a los sujetos de su experimento con una sustancia inodora y esperó a ver su reacción cuando vieran su reflejo. Si se tocaban la marca, quería decir que se reconocían en la imagen proyectada en el espejo. Muchos humanos entre el año y los dos años de edad mostraban esa habilidad, y el Dr. Gallup descubrió que los chimpancés también la tenían. Desde ese momento, se ha demostrado que también la poseen los orangutanes, los gorilas, los elefantes, los delfines y las urracas.

Pero una cosa es reconocerse a sí mismo y otra reconocer a otros individuos como algo más que objetos. Satino, un chimpancé de un zoo de Suecia, demostró que su especie tenía esta capacidad cuando los cuidadores observaron que éste almacenaba piedras y las escondía para después tener algo que tirar a los visitantes que le aburrían. Esto quería decir que Satino podía recordar un acontecimiento específico del pasado (que le habían aburrido), preparar un plan para el futuro (tirarles piedras) y construir mentalmente una nueva situación (alejar a los visitantes).

Otra prueba es la capacidad de experimentar placer o dolor. Se sabe que algunos animales sienten pena, o al menos se preocupan, cuando algún miembro de su manada está enfermo o herido. Por ejemplo, los chimpancés más fuertes ayudan a caminar a los débiles en la selva; y los elefantes lamentan la muerte de otros miembros de su grupo. También se ha observado la ayuda entre animales de dos especies diferentes, como delfines que ayudan a ballenas desorientadas o a humanos que van a ser atacados. Si los animales tienen autoconsciencia de ellos mismos, son conscientes de otros y tienen ciertos rasgos de auto-control quiere decir que comparten algunos de los atributos que la ley usa para definir a una persona.

Sin embargo, el atributo más comúnmente utilizado para distinguir a los humanos del resto de los animales es el lenguaje. Los animales se comunican constantemente, siendo uno de los casos más sorprendentes el de los cercopitecos verdes. Estos monos tienen diferentes tonos de alarma para comunicar la presencia de leopardos, águilas o serpientes. Otro caso es el de Chaser, un border collie capaz de distinguir los juguetes por sus nombres. Aun con todo, el caso que más impresiona es el de Washoe, un chimpancé que aprendió el lenguaje de signos de dos investigadores de la Universidad de Nevada, llegando a iniciar conversaciones y a preguntar por comida.

La cultura es considerada como la segunda característica definitoria de la humanidad, compuesta por diferentes formas de actuar que no se transmiten por herencia genética o por presión del medio, sino mediante la educación, la imitación y el conformismo. Esto, considerado como exclusivo de los humanos, también se aprecia en otras especies. Pero si los animales comparten cuatro de los cinco atributos que conforman una cultura –una tecnología característica, la capacidad de enseñar y aprender, un componente moral con reglas y castigos, distinción entre los integrantes del grupo y los extraños y un carácter acumulativo que se construye con el tiempo- hay una que no comparten: que la cultura cambia con el tiempo. Algunos aspectos del comportamiento animal sí que cambian de alguna forma que podríamos llamar cultural, pero no es un cambio progresivo, sino adaptativo.


Con todo esto, llegamos a varias conclusiones. La primera de ellas es que varios animales tienen conocimiento, algo que se observa por las evidencias de las funciones cerebrales, sus comunicaciones y la versatilidad de sus respuestas. Los primates, los córvidos y los cetáceos tienen atributos de cultura, aunque no tengan ni lenguaje ni religión organizada. El resto de los animales presentan determinadas características similares a los humanos, pero de forma aislada. Aun con todo, la tercera verdad general es que hay una relación entre mente y sociedad que queda manifestada en el comportamiento de algunos animales como los primates, cetáceos, loros y elefantes, que cuentan con un mayor nivel cognitivo y que viven en sociedades organizadas.