Cuando Adam
Feinberg intentó averiguar cómo
sintetizar tejido humano hace cuatro años, utilizó elementos muy
rudimentarios: una batidora, paquetes de gelatina del pasillo de horneados del
supermercado y una impresora 3D de 2000 dólares.
“No tenía
financiación externa cuando empecé, así que lo hicimos con lo más barato” dice
Feinberg, ingeniero biomédico que dirige un laboratorio en la Universidad
Carnegie Mellon en Pittsburg.
